Km 0. La opinión de Salvador Egea Llull

Km 0. La opinión de Salvador Egea Llull

Todos somos conocedores del dicho que reza: «Todos tenemos un precio». Quizá lo dijo alguien acaudalado en algún momento histórico en base a su posición de poder, con el cual creía que el dinero lo puede todo, o bien, lo pudo decir un individuo filosófico que usaba su materia gris para profundizar en el pensamiento humano.

Sea como fuere, las cuatro palabras nos calan hondo a todos y debemos reconocer que parte de razón tienen. Si echamos números, somos un valor sin cuantía, pero somos un valor, valor humano. Algo que se nos olvida rápidamente, tanto individual y personalmente, como quienes ostentan un rango laboral superior. Es cierto, solo somos números, por más grande o pequeña que sea la empresa, por más bien que te lleves con tu jefe, por más cercano que seas a este, da igual, en el ámbito laboral que es el que nos atañe y del que vengo a compartir mi texto, se es un número más.

La esclavitud se abolió, pero esta continúa hoy en día, y nadie puede negar el hecho, somos esclavos de un sistema que hemos aceptado, con sus virtudes y defectos. Esclavos de la tecnología, de la rapidez, de las opiniones hacia nuestra persona, de quedar bien en público, de no ir en contra, redes sociales, mostrar el lado maravilloso de nuestra imagen… Pero no profundicemos en ello, solo quiero hacer un esbozo a grandes rasgos. La cuestión es que, somos esclavos del dinero principalmente, porque sin él, no se vive. Por lo tanto, necesitas de este, y este, si eres legal y honesto, algo difícil en estos tiempos, buscarás un trabajo, y este te proporcionará el dinero, el cual necesitamos para vivir.

Bien, a grandes rasgos está claro el asunto, pero no vengo a hablar de esclavitud, sino de valor. Como ejemplo general, y sirva tan solo de ejemplo social, un individuo cualquiera, se encuentra en su hogar y por motivos cualesquiera, quiere un producto que ha visto. Este producto, no se encuentra en ninguna tienda física a la que pueda acercarse y comprar, la transacción la debe hacer en línea, por internet. Una putada, lo quiere para ya. La sociedad actual es muy rápida, nos obliga a vivir por encima del límite de velocidad, así que no tiene mas remedio que hacer la compra en línea. Por otro lado, genial, es más cómodo, es más barato, es seguro y lo tendrá aquí en menos de 24H. La rapidez de entrega debe ser prioritaria sin importar el origen y destino. Bendita globalización y que maravilla empresas ejemplares como Amazon que nos brindan un servicio espectacular, rápido, eficaz y maravilloso. (Mención a la ironía) Así pues, realiza la compra y tan solo ha de esperar unas pocas horas inferiores a la duración de un día para tener en sus manos el bien.

Otro individuo en otro lugar, se prepara otro día más para dar comienzo a su jornada laboral. Jornada laboral que sabe le va a ser dura y solo piensa en que no se repita la situación que empieza a tornarse rutinaria semana, tras semana. La misma, da comienzo con el ajetreo que siempre se presenta dentro del almacén de carga. Son las horas de máximo movimiento, hay que cargar todos los camiones para que salgan a su hora y más primordial e importante todavía: lleguen a su debida hora a destino. Así pues, la persona que hará el porte desde el punto de origen hasta el punto de destino ocupa su puesto y tras finalizar la carga, emprende rumbo hacia su destino.

Este no es demasiado largo, pero realizarlo le conlleva cerca de las 8 horas de conducción. En este caso, como en la mayoría de iguales, se realiza en periodo de nocturnidad. La oscuridad solo es rota por la potencia del haz de luz que emiten los faros del pesado vehículo. La carretera presume de un asfalto plano, sin baches, y el trayecto a realizar no presenta demasiada dificultad, dos carriles vacíos, largas rectas con leves curvas que requieran de un giro amplio de volante, pocos desniveles, ningún peaje, cero distracciones, comodidad absoluta en la conducción que sabes no será interrumpida excepto por la obligada pausa a realizar. Esta es la rutina del individuo en cuestión que os desvelo quien es, o mejor dicho, era, y era yo, aunque sigo siendo yo. Pero también eres tú, y si no lo eres, lo puedes ser, porque siempre seremos nosotros, y de nosotros depende seguir siendo quienes somos.

Tras unas horas conduciendo, la somnolencia hace presencia; no le he invitado, pero se presenta. Esta me insiste en que pare en un área y deje reposar el cuerpo en la cama. No puedo, tengo una mercancía que entregar, tengo un horario muy estricto que cumplir, de no ser así, me llaman la atención, no puedo distraerme, me digo a mi mismo. Esta ignora mis palabras y me sigue insistiendo en echar las cortinas y dormir. Opto por continuar y hacer una parada en un área que disponga de cafetería 24H y si no es así, usaremos el comodín de la bebida energética o comer pipas para fingir que no le presto atención.

Esta me ignora y me deja tranquilo mientras me tomo mis 15 minutos de pausa, más no puedo, tengo un horario que cumplir. De vuelta a la marcha, silencio absoluto, nadie por la autovía, la radio acompañando el trayecto y en ocasiones figuras extrañas unos metros más adelante en el asfalto. Estos me mantienen en alerta ¿Qué ha sido eso? Sigo en marcha. En la siguiente pausa de media hora, aprovecho a dormir, y me levanto igual o peor, parece que el sueño no tiene intención de permitirme continuar. Pero yo puedo más que él, estoy ya a unas 3 horas de destino, solo debo dar el último tirón.

En mi continuar, circulaba por mi carril derecho y despertaba en el izquierdo. ¡Vaya descuido! Suerte que estoy solo, me digo mentalmente. Continúo… De pronto pongo el intermitente derecho en una autovía sin salida a la vista y circulando por la derecha. ¡Maldita sea! ¿Pero qué haces? Me vuelvo a decir a mi mismo. Estoy cerca, ya me queda menos para llegar y descansar, un último empujón, me animo a mi mismo…

Avanzado el tiempo, me encontraba tan placenteramente dormido, hasta que mi sueño es interrumpido por un fuerte ruido que es el fruto de un golpe de chapa. Abro mis ojos y estoy virando hacia la mediana, mis reflejos actúan al instante y con un giro de volante evito la misma y tras otro giro brusco encauzo mi carril derecho. El sueño me ha abandonado, ya no quiere saber de mí, me ha dejado solo ante tal situación, sin todavía tocar el freno, avanzando todavía, observo por el retrovisor derecho y apenas veo objetos en calzada o colgando del conjunto. ¡Que susto! Solo ha sido chapa y pintura que se puede arreglar… ¡Para habernos matao! Me digo a mi mismo entre humor negro y cruda realidad… Llego a destino, esta jornada a tiempo y no fuera del mismo como en otras ocasiones anteriores. Por fin tranquilo, me digo.

La descarga procede con rapidez. Una ventaja porque he de estar en el almacén siguiente de carga antes de que termine mi disponibilidad, ya queda menos para comer y dormir. Aparco en la diestra de la calle del polígono de destino, donde en unas horas, cuando suene mi móvil, habré de entrar a muelle rompiendo mi descanso personal y laboral, el llamado romper disco. Con suerte, tras comer un plato caliente traído de casa, me acostaré a dormir por fin a las 11-12 del medio día. Hasta cerca de las 17:00 que entre a muelle. Allí quizás logre dormir otro poco mientras cargan hasta que la mercancía este lista sobre las 21:00.

Esa noche fue la última vez que anteponía el trabajo a mi vida, la última vez que una mercancía era más valiosa que mi persona. La vez que aprendí a las malas que valgo, no lo que me pague el empresario a quien ofrezca mi servicio, sino, mucho más. Valgo lo que merezco, y merezco más que morir en carretera por una cadena de acciones, condiciones y obligaciones que en algún momento todos hemos realizado y aceptado. No considero necesario mencionar cuales son, pues ya lo sabemos.

Más, me estoy alargando en este artículo con demasía. Nunca estará pagado este oficio, ni ninguno, no habrá recompensa que compense la labor a realizar, no habrá reconocimiento ni premio cumplas o no con los objetivos de la empresa, del trabajo, de las exigencias, de objetivos, fechas… No habrá nada una vez que no estés tú, vacío en los tuyos y oscuridad. Cada quien vale lo suyo, no se puede cuantificar en un sistema monetario, pero todos conocemos cual es nuestro valor y sabemos cuando somos y cuando no, valorados. Sobrevaloré la muerte en un pulso diario durante 6 meses hasta que me dio un aviso importante. Gracias a él comprendí cuanto valgo. Y tú ¿Cuánto vales?.

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