Que nadie acabe como tú. «El Camionero en ruta». Opinión

Que nadie acabe como tú

¡Que nadie acabe como tú!, es lo primero que me ha pasado por la cabeza después de encontrarnos al cabo de más de 6 años. Me habían llegado rumores sobre la vida que llevabas, me dijeron que aún seguías conduciendo camiones, dando tumbos de empresa en empresa, de las que te despedían después de ver en el estado en el que te encontrabas, pero nunca pensé que fuera tanta la gravedad.

La verdad es que eras uno de los mejores camioneros al volante que he conocido en mi vida. Claro, que eso fue hace más de 20 años, cuando coincidimos trabajando en la misma empresa, después te fuiste a otra en la que estuviste unos cuantos años, y aunque los que te conocíamos, veíamos como se degradaba tu vida poco a poco, principalmente como consecuencia de tu divorcio, esa maldita palabra y situación que ha abocado a muchos compañeros de la carretera a depresiones, juegos a las máquinas tragaperras, no querer regresar al domicilio para no sufrir más o, como en tu caso, a ahogar las penas en alcohol, aunque solo fuera en los descansos semanales y ni una gota al volante del camión.

Pero esa maldita droga es insaciable, cada día pide un poco más en el cuerpo, para que no tiemblen las manos y nadie se dé cuenta de que te domina el sindrome de abstinencia, destruyendo las vidas de personas nobles y buenas como es tu caso. La auténtica vida diaria de nuestra profesión de la carretera y el camión solo la conocemos los que estamos en ella. Quién más o quien menos, ha visto desgraciadamente como se deterioraba la vida de muchos compañeros. Cómo la dedicación y la entrega que requiere los que estamos en ella por vocación, nos lleva a situaciones familiares y personales lamentables. Por lo que no es extraño que haya quien prefiera estar semanas y meses fuera del domicilio familiar. Ya se sabe que es cierto eso de : «Al lugar donde has sido feliz es mejor no volver».

Te encontré por esas casualidades de la vida y la carretera, sentado en la mesa de un conocido restaurante de carretera en la N-2. Allí estabas terminando de cenar, con  la botella de vino casi vacía, la mirada perdida, los ojos rojos, la ropa vieja y desgastada y la cara con una tristeza resignada. Me invitaste a sentarme contigo, como ibas a hacer el descanso diario y yo volvía a la base con el camión cargado para descargar el lunes, no había prisa.

Nada más sentarte, comenzaste a darme explicaciones sin que yo te las pidiera de tu trabajo con un trailer con semirremolque frigorífico, intentando convencerme de que la vida laboral te iba muy bien, aunque los que conocemos la empresa en la que trabajas sabemos que no trata muy bien a sus conductores y que tu jefe es un sinvergüenza que paga tarde y mal, pero que es muy exigente, por lo que ha convertido la empresa en lo que conocemos en el sector como una «autoescuela».

Después de cenar nos sentamos en una mesa de la terraza, sin que nos importara el frio, aunque tus ojos evitaran mis miradas y se desviaran hacia la máquina tragaperras del restaurante. Allí fue donde el alma se me partió en mil pedazos cuando a la media hora te vi llorar como un niño. Diciéndome que ya no tenias una casa a la que regresar, que vivías permanentemente en el camión, que tu sueldo se iba entre el alcohol, las maquinas tragaperras y algunas visitas a locales de alterne, que andabas siempre pidiendo adelantos, que debías dinero a compañeros que te lo habían prestado. Pero lo más grave fue cuando me dijiste que cada vez pensabas con más frecuencia en el suicidio.

De tu ex-mujer hacía años que no sabías nada, tus dos hijos siguieron el comportamiento de su madre y desde hacía casi tres años ya no querían saber nada de tí, tenían su propia vida, hasta el punto de haberte enterado hace dos meses de que habías sido abuelo por cuarta vez por terceras personas. Que pensaste en presentarte en casa de tu hija para conocer a tu nieta, pero te faltó valor y te quedaste dentro de tu destartalado coche al principio de la calle, sin salir de él y bebiendo de una botella de vino mientras llorabas.

Podría seguir escribiendo más penalidades que me contaste, por supuesto no diré tu nombre, porque es lo de menos, pero sobre todo, porque te respeto mucho, eres buena persona, solo has sido malo para tí, tengo que reconocerte que de tí aprendí mucho, que aquellos viajes por Europa que hacíamos con nuestros camiones eran divertidos, tu ironía y tu sentido del humor eran únicos, recuerdo como cuando desconocíamos absolutamente el idioma del país en el que estábamos siempre decías: «Extranjeros son ellos que no hablan español, que lo aprendan».

En fin, hoy al escribir me siento muy triste, espero que comprendas, si llegas a leer esto, que necesitaba hacerlo, porque te aprecio, porque no quiero acabar como tú. Afortunadamente, el alcohol nunca me ha gustado; pero sobre todo y por encima de todo, porque pido al Supremo que ningún compañero o compañera del camión termine como tú. Espero que sigas un tratamiento para dejar esa maldita droga que te está destruyendo, que pares y reflexiones sobre tu vida y le des un giro de 180 grados, y vuelvas a ser la misma persona que conocí hace más de 20 años.

¡Buena ruta y vida para tí, amigo!; para el resto, como siempre: ¡¡¡Buena ruta, tanto en la carretera como en la vida!!!.

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Foto de archivo

 

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