¡Gracias Alfredo!. Opinión de Juan Novoa

¡Gracias Alfredo!

Las cosas han cambiado mucho desde que yo empecé en la carretera, antes te tenias que hacer como decían los viejos rockeros, con otro chofer, que no de segundo como dicen ahora, ellos te enseñaban lo que sabían orgullosos de hacerlo, sin prepotencia y con respeto.

No había telefono móvil, había una cosa que llamaban cabinas telefónicas, ni mucho menos GPS; tirábamos de mapa y ante la duda preguntar, cosa complicada cuando salías fuera, como se decía antes y no hablabas el idioma Los camiones no llevaban calefactor, ni aire acondicionado, ni mucho menos suspensión neumática; te tenias que partir el alma dando a la manivela para desenganchar un remolque si estaba cargado.

Los empresarios empezaban encima de un camión, por lo que respetaban a los chóferes, y sino su padre le enseñaba que tenia que respetar a los choferes, que un buen chofer hay que cuidarlos, que es lo más importante de una empresa. Una vez me dijo un jefe que un buen chofer hace bueno al jefe y un buen jefe hace bueno al chofer, que nadie se equivoque, no estoy diciendo que tiempos pasados fueron mejores, simplemente estoy recordando lo que ha cambiado este mundo, y de paso dar las gracias a la persona que más me enseñó de los camiones.

Hace años empecé en una empresa y tuve suerte de hacerlo de la mano de una buena persona, que me cambió la vida; esa empresa ya no existe, esa hace años que conduce por otras carreteras. El camión con el que empecé en esa empresa era un Scania 114, ex de Alvarez Entrena y tuve suerte de hacerlo con Alfredo; una persona que me enseñó lo mucho o poco que sabia, con humildad y buen hacer fue corrigiendo mis defectos y dando siempre buenos consejos, recuerdo el primer viaje que hice:

Salimos de Vigo con dirección a Tarragona, con un frigo de los de antes de carrocerías Pérez de Orense, dos carros, ruedas de araña, eléctrico Frenelsa colgado, el piso ondulado y al menos 15 centímetros de pared, por un Peter colgando en la mampara, cargados de mejillón sin depurar, del peso mejor ni hablo pero pasado de peso. Salió conduciendo Alfredo, un hombre no muy alto, serio la primera impresión, pero bonachón en el trato. El Scania se defendía en las subidas, pero corría más aún en las bajadas, el freno eléctrico lo sujetaba bastante, los frenos de tambor por supuesto había que usarlos con mucho «sentidiño», como me decía Alfredo continuamente.

El, como buen veterano que era de la carretera, llevó el camión hasta que llegamos a la zona llana.

En Asturianos, despues de dejar muy claro que en las bajadas había que hacerlo usando el freno eléctrico, y usar el freno de pie lo menos posible; recalcando que después de una bajada había que dejar que el eléctrico se enfriara, me repetía: «Nunca pares despues de una bajada pronunciada, vi arder más de un camión»; me decía con cara muy seria. Paramos, bajó la cabina despues de dejar un rato el camión al ralentí, y en lugar de ir hacia el bar, directamente se fue hacia el remolque; siguió andando hacia la parte de atrás del remolque mientras le echaba un ojo a las ruedas, y ponía la mano sobre los centros, me decía que comprobaba si se habian calentado, que se debe dar una vuelta al camión antes de nada fijándose mucho en las cuñas de las ruedas por si aflojaron las tuercas.

Después de esa ceremonia, entramos en el bar, el saludo de rigor y el café de turno, en su caso carajillo, con calma y sin prisa nos tomamos el café mientras entraban más camioneros. Todos saludaban, fueran conocidos o no;  tomado el café salimos y se sube por la puerta de la derecha. No os puedo negar que me temblaban las piernas. Subo, enciendo el Scania, hago aire (en aquellos tiempos perdían aire como un cesto), y con las manos sudando arranco. Alfredo, siempre sin subir la voz y con educación, me iba corrigiendo los muchos errores que cometía. que si no lo subas tanto de vueltas, que si baja una marcha, no lo dejes morir tanto… De vez en cuando me decía «viene alguno de frente», no le contestaba, «pues baja una marcha y adelanta». De vez en cuanto me contaba alguna anécdota, pero sin dejar de estar pendiente de cómo llevaba el camión.

El miedo se fue pasando a medida que iban pasando los kilómetros. Alfredo, sin dejar de prestar atención, supongo que porque yo no lo debía hacer muy mal, de vez en cuando echaba una cabezada en el asiento. Llegando a Villaquirán de los Infantes me dice: para ahí delante, que vamos a cenar.

Paro, dejo un rato el camión al ralentí. Alfredo sonríe, bajamos y se repite la ceremonia: se va hacia la trasera, le toca a los centros, le echa un vistazo a las ruedas y se repite lo de las cuñas. Entramos, saludo al dueño y a los que estaban cenando; y nos sentamos con dos conocidos de Alfredo. Pedimos la cena y mientras cenaban iban contando vivencias: «Recuerdas el viaje que fuimos a Grecia?», decía uno. «Si dura un poco más venimos empeñados», decía otro y así fue pasando la cena, abundante y sabrosa.

Salimos, veo que se dirige hacia el asiento de conductor, arranca y mientras me decía: «ten cuidado aquí, aquí entra despacio», bajamos La Pedraja, una vez abajo me dice: «Tírate un poco si quieres,  tienes ahí una manta», yo le digo que no pero el insiste, así que me echo en la cama, de vez en cuando levantaba la cabeza y el me decía, tranquilo, duerme más adelante se paro y se echó a dormir.

Por la mañana me dijo donde estábamos, en Rincón de Soto, un buen desayuno y de nuevo en marcha así poco a poco llegamos a La Ampolla. Mientras nos descargan se puso la funda, abrió la arquilla y me dijo: «coge ahí una 16-17 y se metió debajo del remolque; mientras aproximaba los frenos me decía como había que hacerlo de vez en cuando. Salió y con la llave de ruedas le dimos un apretó a las tuercas.

Después nos fuimos a comer mientras llamaba a la mujer que era la que hacia las veces de jefa de tráfico. Me dice que cargamos mañana en Lleida fruta. Comimos como señores mientras me iba contando alguna que otra anécdota más recordando lo importante que era aproximar los frenos.

Asi fue pasando mi primer viaje en trailer, poco a poco, me fue enseñando más y más cosas, que era muy importante tener siempre el camión limpio y bien engrasado, a cambiar las ruedas de araña, aflojando las tuercas poco a poco, dándole un golpe de martillo de reglamento de vez en cuando a las cuñas y equilibrarlas con una lata de aceito posada en la carretera. Muchas cosas podría seguir contando de las muchas que me enseñó, pero sobre todo me enseñó el respeto a esta profesión y sin darme cuenta me enganché a esta hermosa profesión.

¡Donde quieras que estés seguro que seguirás haciendo kilómetros y engrasando el camión!, ¡¡Gracias Alfredo!!.

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Foto: Juan Novoa

 

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