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Los inmigrantes ilegales localizados por la Guardia Civil en el Puerto de Bilbao se triplican en un año

Desde principios del año pasado, medio millar de personas en situación irregular han sido interceptadas cuando intentaban colarse en el ferry a Reino Unido.

«Aquí hay gente». Es casi mediodía, el sol de mayo pega fuerte y dos agentes de la Guardia Civil, con cascos y rodilleras, acaban de descubrir a un par de chicos en los bajos de unos camiones estacionados en el Puerto de Bilbao. Los jóvenes se han escondido durante la noche con la esperanza de pasar desapercibidos y embarcar en el ferry ‘Cap Finisterre’, que va a Portsmouth, Reino Unido, la tierra prometida para ellos. Los efectivos del instituto armado pronuncian la frase –«aquí hay gente»– sin el menor atisbo de sorpresa. Últimamente la repiten mucho: desde hace cuatro años, lo de encontrar personas que intentan colarse en el barco no tiene nada de inesperado.

Al principio era un goteo, pero el fenómeno se ha consolidado y va a más: en 2016 se produjo un importante repunte –370 localizaciones–, con un punto álgido en octubre (50), noviembre (92) y diciembre (109), justo después del desmantelamiento de la llamada ‘Jungla de Calais’, donde miles de inmigrantes ilegales –muchos sirios e iraquíes– esperaban la oportunidad de pasar a territorio británico. Este episodio se tradujo en una dispersión de esa enorme marea humana, que buscó otras vías de escape, entre las que el Puerto de Bilbao es una de sus opciones favoritas. De hecho, en lo que va de año, la Guardia Civil ya ha detectado a 149 inmigrantes ilegales, lo que triplica las cifras del mismo periodo del ejercicio anterior, cuando por estas fechas se rondaba el medio centenar. Es decir, desde que arrancó 2016, la Guardia Civil ha efectuado casi quinientas localizaciones, sobre todo de ciudadanos de países árabes en conflicto (unos 192 iraquíes, sirios y afganos), el colectivo que mayor incremento ha registrado y que casi se equipara ya al de albaneses (206), el más numeroso durante años. Estos registros han convertido al Puerto de Bilbao en uno de los más ajetreados del norte del país en cuanto a captación de inmigrantes.

En los últimos meses, cada vez que sale el ferry –dos o tres veces por semana, según la época–, se detecta a una media de cuatro personas escondidas, aunque hay algunos días en los que se han batido auténticos récords. «Una vez localizamos a 23», recuerdan los guardias civiles, que, agachados junto a los camiones, hacen señas a los dos jóvenes para que salgan de su escondrijo. Son Ndriçim y Ervin, dos albaneses veinteañeros y flacos como flautas, que salen con la cara tiznada y gesto de agotamiento. Para ellos es otro intento fallido y el comienzo de cacheos e identificaciones, ya que, tras notificar la Guardia civil su paso ilegal, son entregados a la Policía Nacional, a la que corresponden las competencias de Extranjería. Luego, si no hay nada anormal, quedan libres… y listos para volver a intentarlo. «Muchos son reincidentes», indican los agentes.

Autobuses, camiones, remolques, maleteros, autocaravanas… Cualquier hueco les sirve de cobijo y, para que no les pillen, van perfeccionando su ‘modus operandi’. Por ejemplo, para que los charcos de orina no los delaten, hacen sus necesidades en una botella. También saben que, cuando se meten en un remolque, no deben tocar los precintos –eso descubre su presencia–, y por eso prefieren rajar con un cúter la lona del tráiler y luego disimular el roto con un ‘kit de polizón’ compuesto por cinta americana y materiales para coser. «Es el juego del gato y el ratón», dicen los efectivos.

Endurecimiento del ‘Brexit’

Muy cerca de donde han pillado a Ndriçim y Ervin, la sonda que los agentes del instituto armado introducen en los remolques para comprobar si hay CO2 –y, por tanto, si alguien respira dentro– da un positivo. Son otros dos albaneses, Arben y Dorinist, metidos en unos tubos de hormigón que no serían aptos para gente rolliza. Salen sudando, frustrados y lanzando alguna mirada asesina. «No dan problemas, no quieren delinquir. Pero siempre actuamos con la máxima cautela, no sabes con quién te vas a encontrar», comentan los guardias. De hecho, han visto de todo: hasta guerrilleros kurdos que durante años han combatido al Daesh.

Según explican los expertos de la Guardia Civil –que tiene entre sus competencias la seguridad de toda la zona portuaria y las aguas territoriales, así como las labores de control fiscal–, ahora, con la llegada del ‘Brexit’ y los cambios en el control fronterizo, la aventura de los inmigrantes ilegales será el «más difícil todavía», ya que, si no hay un acuerdo con la UE, las condiciones para la entrada de mercancías y personas se endurecerán.

A la izquierda, un perro olfatea una furgoneta en busca de la droga. A la derecha, miembros del Grupo de Acción Rápida (GAR) vigilan las instalaciones del Puerto, donde hay depósitos de hidrocarburos y sustancias peligrosas.    A la izquierda, un perro olfatea una furgoneta en busca de la droga. A la derecha, miembros del Grupo de Acción Rápida (GAR) vigilan las instalaciones del Puerto, donde hay depósitos de hidrocarburos y sustancias peligrosas.

Será otra vuelta de tuerca para los que intentan llegar al Reino Unido, «animados por sus atractivas ayudas sociales». Son muchas trabas. «Pero, para muchos, es la guerra, la miseria o esto… –dicen los efectivos de la Guardia Civil–. Hemos sacado de camiones a familias con niños, medio muertos de frío… Nosotros también tenemos hijos y nos ponemos en su lugar. Algunos están tan desesperados que intentan sobornarnos…». Hasta 700 euros les han ofrecido, en un intento desesperado de que hagan la vista gorda.

Según explican, viajan en unas condiciones tan lamentables que ponen en riesgo su vida. «Alguna vez alguno se ha colado, ha logrado entrar en un barco y ha tenido que llamar para pedir ayuda porque se estaba ahogando. A las mafias que a veces les organizan el viaje les da igual lo que les pase, que un bebé sea aplastado por un camión o que tengan que aguantar el sol o el frío. Sólo quieren cobrar», explican los miembros de la Guardia Civil del Puerto, que ha recibido felicitaciones de la embajada británica y de la naviera Brittany Ferries.

Al detectar a los aspirantes a polizones antes de su embarque, la Sección Fiscal del instituto armado no sólo trata de proteger a las personas –a los inmigrantes, «que corren mucho peligro», y también los pasajeros–, sino que salvaguarda los intereses económicos del Puerto y, por tanto, de las empresas que usan las instalaciones. Como el ferry, que es multado con 2.000 libras por el Gobierno británico cada vez que se les cuela dentro un polizón. También persiguen evitar que se tengan que tirar cargamentos enteros porque se han hallado intrusos entre la carga. «Una vez cogimos a once en un camión de mandarinas», recuerdan.

A pesar del exhaustivo dispositivo de seguridad y del alto número de interceptados, algunos inmigrantes consiguen su objetivo. El año pasado, cerca de medio centenar lograron meterse en el ferry, aunque fueron detectados dentro del barco o en los controles de llegada. Ndriçim, Ervin, Arben y Dorinist no lo han conseguido… esta vez. «De una forma u otra, algunos llegan», admiten en la Guardia Civil. De momento, los cuatro albaneses se tienen que conformar con mirar, desde el límite del Puerto, cómo los pasajeros británicos se toman algo en la terraza de la cafetería o sacan sus coches de lujo –muchos descapotables de colores caprichosos– del ferry al que ellos no han podido acceder.

Fuente: elcorreo.com

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