«Intentaron echarme la culpa a mí, pero ya se vio que la tienen ellos»

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Francisco Graña (Londres, 1972) celebró ayer su 44.º cumpleaños. «Cumplo el 8 del 8», dice sonriente. Pero en su calendario hay otra fecha que celebra y odia a la vez, un día en el que volvió a nacer pero a costa de quedar confinado en una silla de ruedas. Fue el 7 de junio del 2009. Viajaba a Ferrol por la AP-9 «para quedar con alguien», pero su coche colisionó a mitad de camino. En el kilómetro 13 se dejó una pierna. Ahora, siete años después, su abogado, José Luis Villar Pispieiro, de A Coruña, le ha hecho uno de sus mejores regalos. Le ha ganado a la concesionaria Audasa una indemnización de 300.000 euros después de demostrar que las graves lesiones fueron provocadas por una valla metálica mal ajustada en medio de la autopista, 300.000 euros con los que ahora intentará rehacer su vida en su casa de Culleredo.

El envoltorio del regalo tiene forma de sentencia, la que acaba de publicar un juzgado de Betanzos, y en la que reconoce que Francisco lento no iba, que acababa de adelantar a un coche que rodaba a 120, pero que hoy seguiría caminando por su propio pie si aquella valla que atravesó su coche como una cuchilla hubiera estado bien sujeta.

El padre de Francisco, Vicente Graña, realiza un croquis en un papel para explicar el sistema de sujeción de la maldita valla: «No tenía tornillos, iba a presión, así que cualquier colisión previa la podía hacer saltar y quedaba en el aire». Y en el aire estaba cuando el Lexus de Francisco, camionero de profesión, se arrastró por la mediana hasta convertir su coche en un pincho moruno con aquella especie de guardarraíl que, además de seccionarle una pierna, le lesionó la otra y un brazo cuya mano exhibe siempre a medio abrir. «Dentro del coche apareció el bulón y el pasador que aguantaba la valla», recuerda Francisco, quien en el accidente contó con la inestimable ayuda del asiento de copiloto: «La espuma evitó que me quedara sin la otra pierna».

Tras la fuerte colisión vivió nueve meses ingresado en el hospital, para volver a pasar después otro trimestre a causa de infecciones varias. Con todas estas consecuencias y secuelas, reclamó a Audasa una indemnización de 517.000 euros, pero hoy da por buena la que recoge la sentencia. «Me dará para empezar una nueva vida, yo dependo de alguien que me mantenga», señala Francisco, quien, no obstante, está pendiente de la posible apelación de la concesionaria. «Audasa intentó echarme la culpa a mí pero, ya se vio que la tienen ellos».

«Cuando se acerca la fecha…»

Hay más secuelas. Cuando cada año se cae la hoja de mayo del calendario, Francisco Graña comienza a incomodarse, a sufrir insomnio, a mostrarse irascible. «Cuando se acerca la fecha del accidente, en los días previos ando más nervioso, tengo que tomar pastillas para relajarme», dice junto a su padre. Intentó disfrazar la realidad con una prótesis, pero asegura que la pierna viva no está en condiciones desde el accidente. Levanta el pantalón, baja la media negra y muestra una especie de rugosidad, como si el hueso intentara atravesar la piel.

-No has dejado de sonreír en toda la entrevista, no veo a una persona triste ni hundida.

-Ese es el problema psiquiátrico que tengo, que no expreso mis sentimientos. Digo «no pasa nada, todo está bien..», pero luego reviento con las crisis de ansiedad y me tienen que ingresar.

Este camionero ahora apenas viaja. Desde su casa de Culleredo hasta el centro estatal de recuperación en Bergondo, que prevé abandonar a finales de este año. Pero en los escasos trayectos se ha especializado en descubrir todos esos asfaltos irregulares y piezas fuera de sitio: «Antes no veía ninguno, ahora los veo todos y me pregunto: ¿a quién le tocará colisionar contra esta o aquella valla?».

Fuente: lavozdegalicia.es

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