Por decir lo que pienso, pensando lo que digo - Diario de Transporte
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Por decir lo que pienso, pensando lo que digo

A mis 56 largos y con cada dia menos pelo, más canas y -como no- unos cuantos kilos de más, con esta mala salud de hierro que me permite ver amanecer y resucitar cada día. No deja de sorprenderme aquello que continuo viendo a diario en la profesión, esta del transporte, sobre todo por carretera, que es la que mejor conozco, la que sufro, amo, odio y añoro cuando pasan dos días y no siento el volante entre las manos.

Que sí, que es lo que pienso, aquello que mal junto en letras, que pienso mucho -quizá demasiado- lo que consigo hacer comestible en una frase que tenga la regla mínima de sujeto, verbo y predicado, para después soltarlo del tirón del corazón a las teclas. Bueno, que me enrollo y me voy por los Picos de Europa. Decía que eso, que como en la canción del gran maestro Joaquin Sabina :”Por decir lo que pienso, sin pensar lo que digo, más de un beso me dieron y más de un bofetón”. Pero me quedo con la primera parte, la de decir lo que pienso a riesgo del bofetón ignorante e inculto, cargado de malas intenciones, impregnado hasta arriba del resto que dejan esas pajas mentales que algunos suelen hacerse.

Me refiero a esos personajillos que todos conocemos de boca grande y voz en grito cuando están rodeados de más compañeros, en esas esperas que se hacen eternas, esas noches de verano cuando refresca y apetece un poco de conversación y un par de cigarrillos tranquilos acompañados de buena charla, antes de echar las cortinas y mañana más. Esos fantasmas de cuneta que se comen a los encargados crudos, a los guardias civiles y agentes de la Ley a base de imaginarias “ostias”. Los que públicamente alardean de ponerle las pilas al jefe y cantarle las cuarenta, y las tres veintes restantes. Pero después… ¡Ay después!, cuando se le ve de cerca o alguien que inspira confianza te cuenta la verdad creíble.

Resulta que el gallito de corral ya no lo es tanto, más bien todo lo contrario, capaz de gastarse en cafés de máquinas lo necesario para lamerle el culo al encargado para cargar-descargar primero, aunque sea saltándose el turno-cola, con esas disculpas, a veces falsas, de la urgencia. Sí, el que se hace sus necesidades encima cuando le para un agente. Porque no nos engañemos, los agentes son como Hacienda, solo les teme quien no cumple la ley y defrauda. Con una particularidad que somos humanos, cometemos errores y nadie, nadie, es perfecto. A partir de aquí ya entran en el caso otras variables que poco tienen que ver con el objetivo de esta reflexión. Pero seguimos viendo al gallito, bajarse los pantalones ante su jefe, amén a todo y dinero bajo mano para seguir haciendo ilegalidades con el tacógrafo, por aquello de “tira que no pasa nada”, hasta que pasa y entonces viene la parte dramática de la historia, en la que el jefe repentinamente se convierte en Pilatos-manos-limpias y el valiente en reo de sus propias machadas y paga caro. Sí, que nadie me lo niegue, que conozco uno que por ahí sigue jugando a la ruleta rusa y encima, para remate pelota-lameculos, en los días de descanso va a cavar el huerto al jefe.

Pero claro, como no podía ser de otra forma, saldrán los que pidan nombres y apellidos. Para ellos una pregunta ¿Cuantos de estos “gallitos” entrarían en este patrón-tipo en el transporte? La lista de nombres y apellidos, por desgracia, sería demasiado larga. Todo lo anterior viene a cuento de esa tan manida y nunca conseguida “unión” en el transporte. Ese pedirla pero que sean otros los que den la cara y se la partan por todos los lados, para que después aquellos “presuntos compañeros paladines públicos del ¡Estamos contigo!”, den un paso atrás, pongan las barbas a remojo, guarden bien la ropa antes de mojarse lo más mínimo y, para colmo, criticar por la espalda con lengua-traicionera a los que les partieron la cara. Diciendo que ellos habrían hecho esto o lo otro. Pero, repito sin mojarse jamás, no sea que les vayan a quitar un par de fines de semana que les corresponde en casa y los pasen a 2.500 kilómetros y sin carga-descarga a la vista.

Así, que sin ánimo de aburrir, aquí seguiremos, mal juntando palabras, esforzando las neuronas para que salga esa frase comestible con su sujeto correspondiente, el verbo y el predicado. Peinando sin importar las canas, a riesgo de que te machaquen en privado o público. Total… ¿Que más dá? Si la imaginación es libre -faltaría mas-, la lengua es ligera del que habla desde el desconocimiento, con las trabajadas interpretaciones de una simple frase por un adjetivo mal puesto, en lugar de mirar hacia el conjunto. En fin, orgulloso y durmiendo como un niño porque uno dice lo que piensa, pensado lo que dice. Como siempre, estas letras no son mas que una reflexión de alguien que peina canas orgulloso, consciente y esperanzado porque aún espera ver y aprender mucho más, aunque sea a golpe de decepciones, de las que también se aprende mucho. Eso sí, ¡¡¡BUENA RUTA!!!.

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